Ana Luisa Peluffo, una de las figuras más icónicas y transgresoras del cine mexicano, dejó este mundo, pero su legado perdurará como un símbolo de audacia y libertad en una época donde las convenciones sociales marcaban límites estrictos para las mujeres. Su funeral se realizará en la intimidad, un último adiós acorde con la discreción que, en sus últimos años, prefirió para su vida personal.
La actriz, cuya carrera abarcó más de seis décadas, brilló por última vez en la pantalla en la serie *El mariachi* (2014), aunque su espíritu indomable ya había quedado inmortalizado en la memoria colectiva. En una de sus últimas entrevistas, Peluffo habló con serenidad sobre el paso del tiempo y la inevitabilidad de la muerte: *”Estoy serena y a gusto. Todos, en algún momento, tenemos que desaparecer. Hay que tomarlo con calma, sin hacer tantos dramas. No le tengo miedo a la muerte”*. Sus palabras reflejaban una sabiduría adquirida a lo largo de una vida intensa, marcada tanto por el éxito como por la controversia.
Peluffo desafió los cánones de su época desde el inicio de su carrera. Su desnudo en *La mujer murciélaga* (1968) sacudió a la conservadora sociedad mexicana, especialmente a la Liga de la Decencia, que la tachó de “impúdica” y acusó de “faltar a los principios de la buena moral”. Pero ella nunca se amedrentó. Años después, con más de 50 primaveras, volvió a romper esquemas en películas como *Perro callejero* (1980) y *La combi asesina* (1982), demostrando que la belleza y el erotismo no eran exclusivos de la juventud. Su figura, esculpida con disciplina —*”Me alimento bien, hago ejercicio y me quiero mucho”*, confesó en una ocasión—, se convirtió en un referente para generaciones que veían en ella la prueba de que la edad no era un límite para vivir con pasión.
Más allá de la pantalla, su vida estuvo rodeada de misterio y rumores. En 1965, el hallazgo del cadáver del periodista Rafael Romero Sánchez en su domicilio desató una ola de especulaciones: desde un crimen pasional hasta un suicidio. Los titulares de la nota roja de entonces se llenaron de teorías, pero el caso nunca se resolvió del todo, dejando un halo de intriga alrededor de su nombre.
A sus 94 años, Peluffo celebró su último cumpleaños rodeada de afecto. En una conversación publicada en diciembre de 2023, describió su día a día con una calidez que contrastaba con su imagen pública de mujer audaz: *”Estoy muy bien, gracias. Aquí, disfrutando de mi jardín, con mi hijo Martín, que es un hijo maravilloso; me cuida y procura todo el tiempo. Tengo dos gatitos y vivo muy tranquila”*. Esa tarde, entre risas y recuerdos, recibió a un grupo de amigos cercanos. Su querida Irma Dorantes, compañera de toda la vida, le llevó un pastel; otro amigo, Kokin, le obsequió galletas y chocolates, y alguien más llegó con 94 rosas de colores, un detalle que la emocionó profundamente. *”La verdad es que estuve muy…”*, dijo, dejando la frase en el aire, como si las palabras sobraran para describir la plenitud de ese momento.
Ana Luisa Peluffo fue mucho más que una actriz: fue un símbolo de rebeldía, una mujer que se negó a encajar en los moldes que otros le impusieron. Su vida, llena de luces y sombras, refleja la complejidad de una época en la que el arte y la moral chocaban constantemente. Hoy, su partida cierra un capítulo, pero su esencia —esa mezcla de elegancia, irreverencia y autenticidad— sigue viva en cada fotograma, en cada anécdota y en el recuerdo de quienes admiraron su valentía. Descanse en paz, señora Peluffo. El cine mexicano le debe mucho.


